viernes, 18 de agosto de 2017

Game of Thrones y el Dilema del Prisionero


Parece que para ser cool hoy en Internet hay que hablar de Game of Thrones. Y yo me considero un pibe cool, con un blog piola y un amor incondicional por las aceitunas. Por eso no puedo dejar de subirme a la cresta de la ola.

Todavía siete años después, GoT continúa siendo uno de los shows más logrados, ambiciosos, debatibles, polémicos y, al final del día, interesantes que la televisión ha sabido brindar.


Sin embargo, no puedo dejar de notar que desde aquel final de la quinta temporada, momento en el cual los creadores David Benioff y D. B. Weiss se quedaron prácticamente sin material fuente para adaptar, Game of Thrones se volvió muchísimo menos cerebral, bastante más televisivo (léase: melodramático y hasta novelesco) y no lo suficientemente sutil.

De hecho, ya la temporada 5 (donde se tomaron varias libertades) fue desbalanceada (acá pueden leer el análisis que hice en su momento).

En la temporada 6, este desequilibrio, y estas cuestiones que mencioné antes, se exacerbaron todavía más (acá está mi análisis).

Hoy garpa el fanservice desmedido y los personajes se teletransportan de un lugar a otro con una velocidad ilógica. Gran parte del atractivo de la serie en sus primeros días fue que las distancias eran demasiado inmensas. Incluso muchas líneas argumentales se basaban en el hecho de que recorrer Westeros de punta a punta lleva mucho tiempo y es muy peligroso.

Pero no es esto el foco de la presente nota. Incluso con sus (muchas) debilidades, la séptima temporada viene sólida, y es un placer enorme ver cómo empiezan a atarse algunos cabos entre los personajes que venimos siguiendo desde hace tanto tiempo.

Hoy quiero hablar un poquito de eso y hacer un recorrido por lo que está pasando este año en la serie. En particular, me interesa la dinámica del Dilema del Prisionero que se convirtió en el motor propulsor de las tramas de esta temporada.


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#SpoilerAlert: se revelan partes fundamentales de Game of Thrones hasta el episodio 5 de la séptima temporada. TRANQUILOS, aunque ya vi el capítulo 6 (que se filtró hace unos días), no lo menciono en lo absoluto.

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Ganar o morir en el Juego de Tronos

Game of Thrones Temporada 1 es brillante desde todo punto de vista. La vi dos veces y la disfruté todavía más en la segunda vuelta. Todo funciona en esa temporada: desde la presentación de los personajes y el universo del show, hasta las tramas, giros y sutilezas de la historia.

Además de ser la disparadora de la serie, es la más importante de todas, y no es casual que la temporada 7 esté haciendo muchos guiños y referencias a esos primeros episodios donde todo se comenzó a gestar.

La frase más importante de aquella primera temporada fue la que Cersei le dice al bueno de Ned Stark:
Cuando jugás el juego de tronos, o ganás, o morís.


A lo largo de los años hemos ido viendo muchas variaciones de este “juego”, y en circunstancias normales como las que presenta Westeros, hay mucho de verdad en esto. O controlás las fichas del tablero, o morís intentándolo. Lo vimos en repetidas ocasiones.

El problema es que las circunstancias ya no son las normales, si bien sólo algunos de los personajes conocen la verdad.

Mientras Cersei, Dany, Littlefinger, Sansa y los demás creen que están jugando una partida de House of Cards, en realidad estamos más ante el universo de The Walking Dead que del de la serie de Frank Underwood. Ahí es donde reside el quid de la cuestión.


Poor little princesses, they think they can be me...

Las nuevas reglas de juego

“Eastwatch”, el capítulo 5 de este año, nos dice expresamente que las cosas cambiaron. Con el Rey de la Noche acercándose, el juego de tronos ya no es un juego de suma cero. Es decir: ahora podés ganar el juego (léase: sentarte en el Trono de Hierro y dominar todo Westeros) y aun así morder el polvo.

Por eso es necesario hacer que todos remen hacia la misma dirección. (Sí, que todos remen… ah, ¿qué tal Gendry? Pensé que todavía estarías remando). 


El episodio 5 reforzó el hecho de que hay diferentes maneras de hacer que todos cooperen hacia un mismo objetivo, y también muchas formas de que esto salga mal.

Los  Caminantes Blancos traen consigo la muerte, la peste y, literalmente, el fin del mundo como se conoce. Lo que la gente de Westeros está llegando a entender gradualmente es que su situación se parece mucho al Dilema del Prisionero.

El Dilema del Prisionero: cooperar por el bien mayor

El Dilema del Prisionero es un problema clásico de la teoría de juegos que expone por qué dos personas deberían cooperar incluso si esto va en contraposición con el interés de cada una. Fue pensado originalmente en 1950 por Merril Flood, un matemático estadounidense que trabajaba en un laboratorio de ideas para las Fuerzas Armadas.

Años más tarde, Albert Tucker formalizó el juego y le dio el nombre que conocemos hoy. Aunque existen innumerables variaciones, el enunciado clásico es el de dos sospechosos que son arrestados. No hay pruebas suficientes para condenarlos, por lo que se los separa y se les ofrece a cada uno el mismo trato (y por separado).

Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Ahora: si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Y, finalmente, si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.

Resumiendo los datos en una tabla, nos queda esto:


Lo interesante del problema es que el resultado de cada elección depende de la elección del otro. Lamentablemente, uno desconoce que eligió el otro, porque incluso si pudieran hablar, no hay seguridad de que no vayan a traicionarse en el último momento.

Confesar es lo que se conoce como “estrategia dominante” para ambos jugadores. Sea cual sea la elección del otro jugador, siempre pueden reducir su propia sentencia confesando. Por desgracia para los prisioneros, esto conduce a un resultado poco satisfactorio: si ambos confiesan, ambos reciben largas condenas.

Pensando desde la perspectiva del interés óptimo del grupo en su totalidad (los dos prisioneros), el resultado correcto, la solución óptima al problema, sería que ambos lo negaran, ya que esto reduciría el tiempo total de condena del grupo a un total de un año. Cualquier otra decisión sería peor para ambos si se consideran conjuntamente. ¿El problema? Si siguen sus propios intereses egoístas, cada uno de los dos prisioneros va a recibir una sentencia dura.

El Dilema del Prisionero en Game of Thrones

Hoy Game of Thrones funciona de un modo muy similar, y éste es quizás el elemento más astuto que tiene la temporada hasta ahora. La tensión constante entre Dany y Cersei está bien lograda, mostrando que los resultados de la elección de una dependen, en realidad, de la elección de la otra.

Tyrion, obviamente, ya se dio cuenta de esta situación, y está buscando que ambas partes cooperen por el bien mayor.

En esta analogía del Dilema del Prisionero, en GoT tenemos el siguiente panorama:


Es decir, si nos organizamos, (quizás) vivimos todos. Cooperar es la mejor chance que tienen para vencer al Rey de la Noche y su ejército de Caminantes Blancos. Lo atractivo de todo esto es que hay muchas variantes. Una de ellas es hacer creer al resto que estás en el equipo “¡Quiero vivir!”, y guardarte un as bajo la manga. Esto es lo que Cersei parece estar contemplando.

Littlefinger aparenta tener el mismo razonamiento. “El caos es una escalera”, según él. Generar caos entre las chicas Stark le servirá para juntar los pedacitos restantes luego de que se maten entre ellas, y escalar posiciones (como viene haciendo desde su primera aparición).


Las miraditas de Littlefinger son el pan de cada día...

El problema de cooperar con extraños

No soy demasiado fan de la inmensa cantidad de encuentros que se vienen dando en GoT este año. Hacen parecer que el mundo de Westeros es realmente chiquito, como una mansión de una telenovela mexicana donde todos viven bajo el mismo techo.

En serio, las conveniencias son demasiadas y el fanservice está a la orden del día. A veces se hace muy bien (el encuentro entre Jon y Dany fue majestuoso, Gendry fue correctamente reintroducido en la serie) pero en otros me choca un poco.

El episodio 5 unió a todo tipo de personajes. Cada escena tuvo un encuentro entre dos que no se veían desde hace mucho o una reunión entre personajes que nunca se encontraron, pero que tienen historia juntos.

En el primer caso tenemos a Tyrion y Davos en King´s Landing, Davos y Gendry, Tyrion y Jorah, Jorah y Dany, por mencionar algunos.

Del segundo caso, Jon con Drogon (Joni-boy es un Targaryen, che. Confirmadísimo), Gendry con Jon, Arya y Littlefinger, Gendry con la Hermandad sin Estandartes, el Perro con Tormund (relacionados a través de Brianne), Jon y el Perro (relacionados a través de Sansa y Arya), Jorah con Beric, etc, etc, etc.


Posta, qué chiquito que era Westeros al final.

La cuestión es que en muchas de estas interacciones, los implicados tienen pocas razones para confiar el uno con el otro. Este es el resultado de un trabajo minucioso que se fue a lo largo de las siete temporadas, y hay conexiones muy ricas y profundas que están bien exploradas este año.

De nuevo, no me fascinan tantas casualidades televisivas, pero qué lindo que fue el encuentro entre Jon y Gendry, ambos hablando de sus padres. Acá tenemos a dos personajes que nunca se conocieron, pero cuyas vidas estuvieron intrínsecamente relacionadas.

Lo épico del final de “Eastwatch” fue que logró reunir a siete personajes que provienen de las más grandes líneas argumentales que tuvo el show desde sus comienzos. Por ejemplo: a Gendry (a quien no vemos desde hace años) lo juntan con la gente que le hizo más mal (recordemos que los de la Hermandad sin Estandartes lo entregaron a Melisandre).

Finalmente, Jon Snow apela a la lógica cuando anuncia:
Muchachos, estamos todos del mismo lado. Estamos respirando”.


Best. Team. Ever.

Palabras finales

Queda muy poco para el final de GoT temporada 7. No sabemos cómo van a terminar las cosas, aunque podemos ver el tablero y sus piezas con más detalle que nunca. Algo que hizo muy bien esta temporada fue jugar con la ironía dramática.

Volviendo al capítulo 5, ¿qué irónico es que el pobre de Sam haya perdido a su padre y hermano por culpa de Dany siendo que él, sin saberlo, curó al principal consejero de la Madre de los Dragones? O que Arya y Sansa estén resolviendo un punto argumental que surgió allá por la segunda temporada, cuando Sansa escribió aquella carta con, básicamente, una soga al cuello.

¿Y qué me dicen de cuando Gilly encontró el texto sobre la anulación del casamiento de Rhaegar Targaryan con Elia de Dorne, escondido entre palabras sobre excremento y escalones? Brillante.

GoT no hizo todo perfecto en esta temporada, pero lo que hizo bien, lo hizo muy bien. Como escondernos el famoso Dilema del Prisionero a simple vista, e invitarnos a pensar y debatir cómo deberían comportarse estos simpáticos personajes para impedir el fin del mundo.

Tengo ganas de ver cómo sigue la cosa. Tengo muchas ganas.

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jueves, 17 de agosto de 2017

El bueno, el malo y el feo: la deconstrucción del Western


Estrenada en 1966 como parte de la Trilogía del dólar, El bueno, el malo y el feo, la celebrada película de Sergio Leone funcionó como una inyección de frescura en las películas del spaghetti western. En esta nota quiero analizar lo que, en mi opinión, fue la gran deconstrucción del Western.


¿De qué va la historia?

Durante la Guerra Civil Americana, un cazarrecompensas apodado “Blondie” (Clint Eastwood) y un bandido conocido como “Tuco” (Eli Wallach) llevan a cabo una estafa de pueblo a pueblo hasta que el primero decide terminar la sociedad e irse con todo lo juntado. 

Tuco lo persigue buscando venganza.

En el medio, un sanguinario mercenario, “Angel Eyes” (Lee Van Cleef) descubre que hay una buena cantidad de oro escondido y conoce el nombre de la persona que lo enterró.

Tuco y Blondie se tropiezan con la misma información, por lo que los tres pistoleros inician una carrera frenética por hacerse con el dinero.

La película fue la definición de “clase B” para los años ´60: se hizo con un presupuesto escaso, filmando con prisa y utilizando efectos prácticos como los que usaba Orson Welles para abaratar costos. 

Debido a que trataba sobre la guerra civil (un tema muy sensible para la época), se dijo que iba a ser un fiasco comercial, y tuvo una distribución terriblemente limitada.

Sin embargo, acabó convirtiéndose en una de las películas  más importantes de todos los tiempos.

La deconstrucción del western en El bueno, el malo y el feo

Es universalmente aceptado el hecho de que esta película destruyó el género del western como se lo conocía hasta ese momento. No sólo modificó radicalmente la moralidad de los protagonistas (estos son pistoleros sin una pizca de heroísmo, egoístas y ambiciosos) sino que también alteró la estructura dramática sobre la cual se construían estas historias, dejando apenas lo mínimo y necesario.

El bueno, el malo y el feo no tiene largos diálogos, un argumento épico o grandes escenas de exposición. En su lugar, la trama es una historia muy chiquita sobre tres personas traicionándose mutuamente. No hay caballeros vestidos de blanco, damiselas en peligro o grandes héroes. No hay un sacrificio por el bien mayor.

El ambiente como protagonista

Además de popularizar algunos elementos cinematográficos innovadores como el  conocido mexican standoff, la película presentaba mucho simbolismo a través de la música y el ambiente. Tomemos, por ejemplo, el climax final en el cementerio.


El cementerio del popular duelo final enfatiza el fin de los caminos de los tres personajes principales. Sergio Leone planteó la situación de una forma brillante, de tal manera que ninguno de los tres hombres podría salir ileso de ahí.

El ambiente está diseñado como una suerte de circo romano, como si las tumbas de los muertos fueran espectadores del triple duelo. Una escena hermosa –editada con maestría– que se toma todo su tiempo para desplegarse.

El legado de El bueno, el malo y el feo

El bueno, el malo y el feo cumplió 50 años en el 2016 y su legado dentro del séptimo arte sigue intacto, incluso más vivo que nunca en una época donde el western está resurgiendo gracias a producciones como la remake de Los Siete Magníficos, lo último de Tarantino (Los 8 más odiados), la venidera adaptación de La Torre Oscura y la fantástica primera temporada de Westworld.

Por cierto, si todavía no vieron Westworld, no sé qué están esperando. Es espectacular.


No es un misterio que El bueno, el malo y el feo la película haya influenciado los estilos y temáticas de directores como Quentin Tarantino, Sam Raimi, Robert Rodriguez y Martin Scorsese.

Las largas tomas y los electrizantes acercamientos, la música impresionante de Ennio Morricone, el distintivo uso de la violencia, los personajes absolutamente odiables y de moralidades grises, los estilísticos duelos con armas, hacen de esta película un clásico absoluto. No es la primera vez que una parodia de un género logra revitalizarlo por completo.

Y seguramente no será la última.


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lunes, 14 de agosto de 2017

Filosofía a la mano (I) – Nietzsche: el filósofo del martillo


Este año estuve empapándome bastante de Nietzsche. Entre las charlas de Dario Sztajnszrajber para la Facultad Libre Virtual y algunos textos que leí por mi cuenta, descubrí que el pensador alemán comparte muchos de mis pensamientos ideológicos. (Aunque no tantos como Sartre, el filósofo que más me representa).

Por eso hoy estreno Filosofía a la mano, esta nueva saga del blog, con Nietzsche. El objetivo es lograr resumir, en la medida de lo posible, sus ideas y pensamientos más importantes.

El origen de la tragedia (1871): la pérdida del equilibrio

Leer a Nietzsche es bastante complicado, y más lo es interpretarlo. Tiene una visión tan abierta a múltiples lecturas que ha sido tomada (y adoptada) por grupos super extremos. Hay una lectura de Nietzsche nazista y anti-nazista del mismo modo que hay una lectura de un Nietzsche cristiano y anti-cristiano.

Si bien él ya había escrito algunas cosas antes, su primer texto publicado es El origen de la tragedia (en realidad, el título es bastante más largo).

Nietzsche consideraba que la vida es cruel y dolorosa, pero el arte nos puede dar la fuerza necesaria para afrontar el dolor y decirle “Fuck you, life!”.

En El origen de la tragedia principalmente busca demostrar que en la civilización griega de antes de Sócrates existía cierto equilibrio entre dos elementos que él representaba con dos dioses: Apolo, el dios de la razón, el orden, la moderación y el equilibrio, y Dionisio, justamente todo lo contrario.

De Apolo surge el concepto, o la cualidad, de ser “apolíneo”. Es la persona prudencial, contenida, que siempre se levanta a la hora puntual y cumple con todas las normas y etiquetas sociales. Todos conocemos a esa gente intachable que bebe con moderación, nunca habla mal del resto y es siempre correcta. Ellos se acercan más a los valores que representa el dios Apolo.


En el otro lado del ring está Dionisio, representando a los que de moderados no tienen nada. Ya saben: los amantes de las libertades, la fiesta, el descontrol, el desenfreno, caos, locura, etc, etc. Estos son los “dionisíacos”, aquellos que traspasan un alambrado aunque diga “prohibido pasar” o toman alcohol sin medirse porque “de eso se trata la vida”.

Nietzsche creía que los elementos apolíneos y dionisíacos estaban fusionados en el hombre de la Grecia antigua (lo cual, para él, era genial, lo ideal). El pensador veía a la tragedia griega como un coro dionisíaco que, una y otra vez, se descarga en un mundo apolíneo de imágenes.

El problema fue que esta fusión entre Apolo y Dionisio se rompió. Y los culpables, al parecer, fueron los dos más grandes filósofos de la antigüedad: Sócrates y Platón, pensadores que, con su intelectualismo, con su raciocinio, intentaron acabar con los elementos dionisíacos, dejando sólo los apolíneos.

Dice Nietzsche:

«Sócrates fue una equivocación. Toda la moral del perfeccionamiento, incluida la cristiana, ha sido una equivocación

El filósofo del martillo

Ya en su primer libro, el filósofo da muestras de una de sus características principales. Va contra todo lo impuesto, viene a romper lo establecido con un martillo. Toda su filosofía se basa en descreer de lo que nos impusieron como verdades.

Él estaba convencido de que la realidad es caótica, contradictoria, imprevisible, cambiante. Pero llegan dos fulanitos agrandados (Sócrates y Platón) y se inventan que hay un mundo racional y ordenado.

Así, opina el alemán, comienza la decadencia del mundo occidental. Luego llega el cristianismo, que intenta convencernos de que el mundo en el que vivimos ni siquiera es el verdadero y que es necesario sufrir y resignarnos. ¿Para qué? Para eventualmente ir a otro mundo extraño, que nadie conoce.

Y es que Nietzsche fue un filósofo muy filoso (pun intended). Muy crítico. Sus compañeros lo llamaron El Filósofo del Martillo por esa misma razón. Llega decidido a romper con todo, a golpear las teorías infundadas en las que se basa la cultura occidental.


El alemán nos invita a recuperar el instinto dionisíaco, a amar la vida terrenal, disfrutarla. No se cree Jesús ni un salvador, aunque trae un mensaje que rompe los esquemas de muchas personas: Dios ha muerto. Pero tranquilos, que ya llegaremos a eso.

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873)

Me encanta cómo inicia su segundo texto publicado:

«En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto

Este librito tiene dos cosas interesantes. La primera es que es muy corto (20 páginas). Lo segundo es que es muy ameno y se deja leer con facilidad. Nietzsche tenía, indudablemente, un costado literario, y muchos de sus textos están adornados con fábulas, metáforas y ejemplos concretos que facilitan la lectura. 

Esto no implica que sean más “fáciles”, pero sí bastante más llevaderos.

En “Sobre verdad y mentira” Nietzsche reafirma algunos conceptos de su primer libro. 

Por ejemplo, ataca al cientificismo, una ciencia que pretende hacer pasar meras interpretaciones como conceptos verdaderos, con el único fin de darle seguridad al hombre.

Vuelve la idea del caos en Nietzsche: la naturaleza, el mundo, no es algo definido ni regular. Aunque esté definido por leyes físicas y matemáticas, estas leyes no rigen la vida del hombre, que es impredecible y lleno de incertidumbres.

Así, para el autor el hombre tiene miedo a lo desconocido y al cambio. Pero la vida es pasión, es movimiento, es un continuo golpe de olas, una tras otra, que nos van arrimando a diferentes orillas. Está llena de contradicciones.

Estas teorías iniciales son las que Nietzsche luego utilizará para conformar el concepto de Übermensch (el superhombre).

Zaratustra: para todos y para nadie

Así habló Zaratustra (1883) es considerado el magnum opus del filósofo. La obra literaria, tan alegórica como filosófica, integra las principales ideas de Nietzsche.

En esencia se trata de una parodía de la Biblia cristiana, hechos y reflexiones de un profeta que resultó ser el primer creador de una religión monoteísta, un mesias que viene a dar un nuevo mensaje:

«Muertos están todos los dioses, ahora queremos que viva el superhombre»

Según Zaratustra (según Nietzsche) el cristianismo ha envenado a la humanidad ofreciéndonos una moral de esclavos, de resentidos. Nos piden que suframos, pero él dice que no hay razón para seguir sufriendo. La muerte de Dios nos libera, ya podemos cortar las cadenas de lo sobrenatural, de las falsas ideas impuestas.

¿Qué hizo el cristianismo sino defender todo lo que es nocivo para el ser humano?


Ojo con esto: Nietzsche no odiaba al personaje histórico de Jesús, como algunos creen. Lo veía como un hombre noble que le indicó al mundo cómo vivir. Pero cuando Jesús murió, el evangelio murió con él.

Una vez que logramos librarnos de las cadenas del cristianismo, nos encontramos frente al abismo de la nada. Todo aquello que creíamos verdad ha resultado ser falso. Entonces, dice Nietzsche, aparece en nosotros un estado psicológico denominado nihilismo.

“Nil” quiere decir nada. Estamos solos, perdidos, sin valores prestablecidos, sin valores absolutos, no hay ninguna estructura racional y universal en la que podamos apoyarnos. Dios ha muerto, y fuimos nosotros los que le dimos la muerte. ¿Cómo consolarnos? Para ello aparece el superhombre.

Übermensch es un concepto cuya traducción más digna es “bien superior” o “más allá”. 

Y vale aclarar que esta palabra no tiene marcas de género en su idioma alemán. Se suele traducir como “superhombre” o incluso “ultrahumano”. (De acá es donde se agarraron los nazis para decir que la filosofía nietzscheana es nazista).

Las tres fases del superhombre

Para llegar al superhombre –aquel ser liberado de las cadenas de lo impuesto– se tienen que atravesar tres fases que Nietzsche simboliza (a partir de las enseñanzas de Zaratustra) con un camello, un león y un niño.

El camello es alguien que obedece ciegamente, que se encuentra arrodillado ante la ley moral aunque aspira a algo más. Por eso eventualmente puede convertirse en león, aquel que se niega a los valores impuestos, si bien es incapaz de crear valores nuevos.

Por último aparece la figura del niño, libre de las ataduras de las creencias infundadas, con amor por la vida y voluntad fuerte. 

Lo propio de cualquier niño es estar embriagado de la naturaleza dionisíaca, mientras que los camellos ignorantes inclinan su cabeza ante las crueles ilusiones  de lo sobrenatural.

Así, el superhombre puede interpretar la realidad a su manera. Es voluntad de poder que grita “sí” al eterno retorno. ¿Qué es el eterno retorno de Nietzsche?

El eterno retorno: la culminación de la filosofía nietzscheana

La insorportable levedad del ser (novela de Milan Kundera que ya analicé en el blog) es un texto literario de indudable sabor nietzscheano.

El concepto del “eterno retorno” se menciona en el libro ya desde el primer capítulo:

«La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?»

El fascinante primer capítulo explica, de forma muy didáctica y concreta, el concepto del eterno retorno. Es la culminación y el final del camino de la filosofía de Nietzsche.

Generalmente concebimos el tiempo de forma lineal; hubo un pasado, hay un presente y habrá un futuro. Hasta la gramática se ajusta a esta estructura, y nos condiciona a pensar así.

Pero, ¿y si no aceptáramos este sistema lineal? Los astros realizan movimientos circulares en el espacio, ¿cuál diríamos que es la línea de salida, cuál la meta, cuál la entrada en esos casos? A lo  mejor, en el tiempo circular no hay ni salidas ni metas, simplemente se da vueltas y vueltas sobre lo mismo. Un movimiento que se repite una y otra vez eternamente. Un eterno retorno.

Imaginemos que nuestra vida se fuera a repetir durante toda la eternidad. Como una película que vuelve a comenzar cuando arrancan los créditos finales. Un bucle infinito. ¿Valdría la pena las cosas que hacemos? Nietzche dice que sí, si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad, y entonces cada momento cuenta porque cada momento va a volver a repetirse.

Es la carga más pesada, insoportable incluso. ¿Cómo te gustaría vivir, considerando que cada minuto se volverá a vivir por toda la eternidad? Este experimento mental puede ser una poderosa manera de invitarnos a vivir de tal modo que no nos intimiden los infinitos retornos. Que volver a vivir cada momento sea memorable. En este contexto, la estupidez es irreparable. Los momentos no sólo no se recuperan, sino que además se reviven exactamente de la misma forma.


La idea del eterno retorno fue muy polémica y sigue hoy siendo muy discutida por el circulo académico. Se cree (falsamente) que Nietzsche lo consideraba como una concepción del tiempo real. Sin embargo, no es más que un deseo del superhombre, y tiene una carga simbolica.



Por cierto, para introducirse un poco más a las ideas de Nietzche, La insorportable levedad del ser es una buena manera. La obra es super filosófica y toca, en algún punto, todos los elementos ideológicos del autor.
«Las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre

(La insorporable levedad del ser. Milan Kundera)

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jueves, 10 de agosto de 2017

De la risa al llanto: el síndrome de Tom Hanks


Sucede una y otra vez en el mundo del cine. Un actor de comedia exitoso de pronto intenta hacer una actuación en el extremo opuesto de su estilo: un rol dramático y más oscuro. Curiosamente, este giro tiene una buena chance de tener buenos resultados y convertirse en la marca permanente del actor. Este efecto es lo que se conoce como el “síndrome de Tom Hanks”.


El síndrome de Tom Hanks

Un hecho muy curioso ocurrió en el año 1993, cuando Tom Hanks tomó la decisión de aceptar en rol híper dramático en la película Philadelphia.

Para quienes no la recuerden, es notable por ser una de las primeras cintas de Hollywood que habló abiertamente del SIDA, y además representó el primer rol no-cómico de Hanks.  La película le dio al actor su primer Oscar (el año siguiente ganaría otro por Forrest Gump) y a partir de ahí comenzó a explotar su vena dramática por sobre la comedia.

Cabe preguntarse por qué un actor que ya tiene éxito como comediante querría pasarse al lado oscuro. Lo cierto es que un actor de drama tiende a ser más respetado que su contraparte cómica, bajo la falsa ilusión de que es más difícil hacer llorar que hacer reír (cuando, en realidad, es exactamente lo contrario).

Pero seamos sinceros: los actores cómicos nunca se llevan a casa un premio de la Academia. Es muy común que luego de ver a un actor de comedia haciendo un rol dramático, inmediatamente pensemos: ¡mirá vos, realmente puede actuar!

Volvamos a Tom Hanks. Antes de Philadelphia era conocido por hostear Saturday Night Live (lo hizo ocho veces, seis de ellas entre 1985 y 1992) y por sus papeles en Bachelor Party (1984), ¡Quiero ser grande! (1988), la serie de TV Bosom Buddies (1980-1982) y Sleepless in Seattle (1993).

Y, si bien hubo excepciones, luego de Philadelphia comenzó a tener más relevancia con películas como Rescatando al Soldado Ryan (1998), la fascinante Camino a la Perdición (2002) y Captain Phillips (2013), entre muchas otras.


Hanks eventualmente hizo el intento de retornar a la comedia con la remake de The Ladykillers (2004), uno de los mayores fracasos de los Hermanos Coen, y con Larry Crowe (2011), donde hizo una dupla muy olvidable con Julia Roberts. Ambas películas no fueron ni alabadas por la crítica ni comercialmente exitosas.

El caso de Tropic Thunder

El “síndrome de Tom Hanks” fue parodiado en una película maravillosa que funciona desde muchísimos puntos de vista: Tropic Thunder (2008). Jeff Portnoy (Jack Black) es un actor de comedia intentando salirse del rol en el que lo encasilló la audiencia, por lo que toma un rol más serio. Por su parte, Tug Speedman (un impecable Ben Stiller) es un héroe de acción que previamente intentó que los Oscar picaran el anzuelo con un rol dramático que se le fue de las manos (y terminó siendo el fracaso más grande de su carrera).


You never go full retard! – Robert Downey Jr…

Otros actores con el síndrome de Tom Hanks

Jim Carrey comenzó su carrera con una gran variedad de pequeños papeles, pero su fama de actor de comedia arrancó gracias a las películas de Ace Ventura. Finalmente, cansado de ser considerado el payaso más plástico de Hollywood, le dio una oportunidad al drama con The Truman Show (1998) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), ambas alabadas por la crítica. Su aspecto cómico, sin embargo, sigue muy presente.

Otro caso interesante es el de Bradley Cooper. Zigzagueó entre la comedia y el drama hasta que pegó un papel en la franquicia de ¿Qué pasó ayer?, a partir de donde se especializó en la comedia (y particularmente: la comedia romántica). Claro, hasta su protagónico en Silver Linings Playbook (que le valió una nominación a los premios de la Academia). De ahí: The Place Beyond the Pines (gran película), American HustleAloha, etc, etc, etc.

Algo similar podemos decir de Bryan Cranston, el neurótico “papá de Malcolm” que luego nos volaría la cabeza como Walter White en Breaking Bad.


Por el lado de las mujeres, es llamativo el giro que pegó la vida de Anne Hathaway, una de las veteranas de Disney. La actriz, que alguna vez participó de cuanta comedia de Disney aparecía, está irreconocible en Les Misérables (2012), Interstellar (2014) y The Dark Knight Rises (2012).

La evolución de dos directores

Para cerrar la nota, quiero mencionar a dos directores que también sufrieron el síndrome de Tom Hanks. El primero es Woody Allen (uno de mis favoritos). Antes de su magnum opus Annie Hall, sus películas eran esencialmente herederas de Buster Keaton y Charles Chaplin, lo que se entiende como “comedia física” (slapstick comedy).

A partir de ahí –si bien nunca abandonó la comedia– el tono de sus historias fue más serio. Paródicamente, en la subvalorada Stardust Memories, de 1980, un alien le pide a Allen que deje de intentar hacer películas serias y simplemente cuente chistes.


El otro caso de director es el de Terry Gilliam. Comenzó con comedias desopilantes (Time Bandits y Monthy Python and the Holy Grail), pero gradualmente fue moviéndose hacia territorio más sombrío. 

Brazil (1985) es una perturbadora obra maestra de la ciencia ficción (si bien contiene elementos de comedia) y de ahí pasamos al viaje temporal de 12 Monos y el viaje lisérgico de Miedo y Asco en Las Vegas.

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=>> Otras notas sobre CINE en el blog: “El origen del mal en Tenemos que hablar de Kevin”; “Psicosis, el legado de Hitchcock”; “Interpretando el final de Split (Fragmentado)”; “Marvel y las gemas del infinito”; “Shin Gojira: la reinvención de Godzilla”

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